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miércoles, 16 septiembre, 2026
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Protocolo para vestir de santero en la Semana Santa de Lucena

 

Hay un ritual en la Semana Santa de Lucena que ocurre antes de que suene el primer tambor. Antes de que el trono salga a la calle. Antes de que nadie lo vea. Es el momento en que un santero se viste. 

En Lucena, vestirse de santero no es algo que se haga solo. Siempre debe estar presente alguien experimentado que ayude y supervise. El santero se presenta bien aseado y afeitado, sin pulseras ni relojes. Los únicos complementos permitidos son los gemelos en los puños de la camisa, que en muchos casos guardan un significado personal. La elegancia aquí no es ostentación: es respeto.

 

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El orden de cada prenda importa, y ninguna se salta.

Todo comienza con la camisa blanca, diseñada específicamente para santear: sin costuras en los hombros —porque ahí descansará el peso del trono—, con cuello de tirilla limpio y puños que se cierran con gemelos.

Después, el pantalón de medio ancho, gris oscuro con rayas negras, amplio y cómodo, preparado para aguantar horas de esfuerzo sin limitar el movimiento.

Las botas negras completan esta primera base: lisas, por encima del tobillo, con pequeño tacón para la estabilidad y trabilla trasera para facilitar el calzado.

Y entonces llega uno de los momentos más cuidados del protocolo: la colocación del fajín o faja de santero, siempre del color de la cofradía, con sus característicos flecos  que quedan visibles. No se coloca solo. Mientras el santero sujeta un extremo, otra persona lo va envolviendo alrededor del cuerpo, apretando con cuidado, sin pliegues, asegurando que quede firme. El cierre se esconde dentro del propio fajín.

Sobre él, encima de la faja, el cinturón de santero: de cuero, ancho, con varias hebillas. Una pieza que no se improvisa. Detrás de cada cinturón hay un artesano o artesana del cuero que lo ha elaborado a medida, y que en muchas ocasiones graba en él las iniciales de su dueño. Un objeto que, con los años, se convierte en algo personal e intransferible.

El pañuelo blanco anudado al cuello cierra esta primera capa.

La segunda capa: la túnica

Sobre todo lo anterior, sin sustituir nada, se coloca la túnica del color de la cofradía o hermandad. Cae hasta la rodilla, amplia, con cuello de tirilla y botonadura frontal. Se abrocha casi por completo, dejando solo un botón abierto a la altura del pañuelo.

Después, el cordón. Se anuda a la cintura y deja caer dos cabos hasta la rodilla. Tiene carga simbólica —evoca los nudos que portaba Jesucristo—, pero su colocación tiene también un protocolo concreto, el de recoger sendos pliegues de la túnica a ambos lados, además este cordón va siempre a un lado (normalmente al lado visto por el público en la procesión). Cada detalle en este protocolo tiene su razón de ser.

Y por último, el gorro o capirote. El elemento más reconocible. La visera ancha debe mantenerse rígida —para lo que se refuerza interiormente—, mientras la parte posterior, el capirote cae con cuerpo pero sin rigidez. Se fija a la cabeza con la cinta de santero para que no se mueva durante la procesión. Cuando está bien puesto, no se vuelve a tocar.

Antes de salir de casa, queda un último detalle: preparar y recoger la almohadilla. Un saco rectangular de tela relleno de lana o borra que el santero lleva consigo desde casa y que, a la llegada al templo, se amarra al varal del trono y a los asones —los asideros de los varales— para envolver la cuña de madera previamente dispuesta y amortiguar el peso sobre el hombro durante la procesión. Pequeña, casi discreta, pero imprescindible.

 

Después, a la casa del manijero

Ya vestidos y con la almohadilla preparada, los santeros acuden a la casa de su manijero —y del cuadrillero, en las cofradías que mantienen esta figura— para un momento tan sencillo como cargado de tradición: un café con anís, pestiños o magdalenas, y las últimas indicaciones antes de iniciar el paseíllo. Ese recorrido colectivo hacia el templo, acompañado por el golpe característico del tambor y el sonido del torralbo, es el primer acto público del día. El primero de muchos.

Lo que diferencia al santero lucentino tiene también raíces históricas. En 1688, el cardenal Salazar impuso mediante decreto que penitentes y cofrades procesionaran con el rostro descubierto. En 1920 se introdujo un atuendo de inspiración sevillana que incorporaba el cubrerrostro para los penitentes. Los santeros, sin embargo, nunca lo adoptaron. Procesionan siempre a cara descubierta. Así fue, así es y así, en Lucena, se espera que siga siendo.

El protocolo para vestirse de santero, al final, no es más que eso: una manera de hacer las cosas bien. Con el mismo orden, el mismo cuidado y el mismo orgullo de siempre.

 

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