La casi medianoche se convirtió en protagonista cuando, en punto de las 23:00 horas, las puertas de la parroquia de San Mateo se abrieron de par en par para dar paso a una de las procesiones más íntimas y esperadas de la Cuaresma lucentina: el Viacrucis del Santísimo Cristo del Silencio.
Con la precisión que caracteriza a esta hermandad, el cortejo comenzó a fluir entre la oscuridad de la noche con una solemnidad que corta la respiración. Más de un centenar de hermanos, vestidos con su inconfundible hábito negro y antifaz blanco, portando velas encendidas y tambores enlutados, tejieron un camino de recogimiento y devoción por las calles del centro histórico de la ciudad.
Las calles San Francisco, Colchados, Ancha y Veracruz fueron testigos del discurrir pausado y emotivo del Crucificado, arropado por una densa nube de incienso y el eco grave y rotundo de los tambores. Devotos y vecinos se sumaron al camino del Señor en una noche que invita, inevitablemente, a la reflexión.














