Hay ciudades que se reconocen por su luz, por su gastronomía o por su arquitectura. Lucena se reconoce también por su sonido. Un sonido antiguo, inconfundible, que cada Viernes de Cuaresma vuelve a tomar las calles del centro histórico de la mano de la Hermandad de Tambores de Lucena para recordar a propios y visitantes que aquí la Semana Santa no empieza el Domingo de Ramos: empieza mucho antes, cuando el primer redoble rompe el silencio de la tarde.
Este Viernes, tambores y torralbos recorrieron las calles de Lucena en una de las salidas que la Hermandad de Tambores de Lucena que mantiene cada viernes de la cuaresma, hasta llegar a la Capilla de Jesús Nazareno, donde se celebra el Miserere: el rezo solemne ante las puertas de la capilla en el que el Señor imparte su bendición, con el acompañamiento del tambor como fondo litúrgico.
VER Tambor y Torralbo por la Plaza Nueva
De entre todos los elementos sonoros de la Semana Santa lucentina, hay uno absolutamente singular: el torralbo. Se trata de una corneta natural de uso ritual exclusivo durante las procesiones de Lucena —no existe otro municipio en el mundo donde este instrumento cumpla esta función litúrgica—. Su toque es breve, agudo y fácilmente reconocible, y su misión es clara: anunciar la llegada del paso procesional en las grandes procesiones tradicionales, como las de Jesús Nazareno, Jesús Amarrado a la Columna, el Santo Entierro o la Pollina de San Mateo y del Carmen. Siempre interpretado en solitario, su ejecución forma parte del ceremonial propio y exclusivo de la santería lucentina.
Si el torralbo anuncia, el tambor sostiene. Es el elemento esencial que marca el paso del trono durante la procesión, adaptándose a la imagen, al recorrido y a las indicaciones del manijero. Cada cuadrilla tiene su toque específico —transmitido oralmente de generación en generación—, lo que convierte al tambor en parte del código estético y diferenciador de la Semana Santa lucentina. Sin su contrapunto, el universo santero quedaría incompleto.
A estos dos sonidos se suman, en la madrugada del Jueves Santo, el Toque de Silencio interpretado con trompeta y el toque ronco de los Tambores Enlutados, ambos acompañando el paso procesional del Santísimo Cristo de la Salud y Misericordia, acentuando el carácter penitencial de la estación.
La Hermandad de Tambores de Lucena: Escuela y cantera
La Hermandad de Tambores de Lucena, fundada en marzo de 1981 por un grupo de tamboreros veteranos —entre ellos Rafael Aranda, Agustín Blázquez, Francisco Gómez, Joaquín Montilla, Miguel Pino, Francisco Ruiz y Antonio Santos—, nació con un propósito claro: recuperar la antiquísima llamada de los hermanos de Jesús Nazareno y garantizar la transmisión de este patrimonio sonoro a las generaciones futuras.
Hoy, más de cuatro décadas después, la hermandad es mucho más que una agrupación de músicos: es una escuela viva donde niños desde los cuatro años aprenden los toques tradicionales del tambor y el torralbo, asegurando el relevo generacional de los tamboreros que cada Semana Santa acompañan los pasos procesionales de Lucena. En 2021 contaba con cerca de sesenta miembros, la mayoría menores de quince años.


Su labor es desinteresada —los donativos se destinan a fines benéficos— y su proyección, nacional: han llevado el toque lucentino a escenarios como FITUR en Madrid, han participado en certámenes de bandas de la Subbética y trabajan actualmente para la adhesión de Lucena al Consorcio Nacional de los Pueblos del Tambor y el Bombo.
Lucena atesora en el tambor y el torralbo algo que pocas ciudades pueden reclamar: una identidad sonora única, codificada oralmente durante siglos, que sigue viva gracias a quienes, madrugada tras madrugada, Viernes de Cuaresma a Viernes de Cuaresma, mantienen encendida esa llama. Quienes visiten Lucena durante su Semana Santa —o en cualquiera de estos viernes cuaresmales— se encontrarán ante una experiencia que va más allá del turismo: es una inmersión en la esencia más profunda de una ciudad que lleva su cultura en el corazón y la expresa a golpe de tambor.










